
19/02/2023

“Tarija tierra dorada, chura tierra donde nací”, dice la afamada canción y es que el pago fue hermoso desde épocas de antaño. Su esplendor brillaba aún más cuando era Carnaval; éste era el principal afán de todos y de las renombradas personalidades carnavaleras que había en la época.
De esta manera, se organizaban las comparsas, se definían los nombres, se acordaban los disfraces y se elegían a los padrinos, nombrando siempre a los más “pudientes”, reconocidos por su entusiasmo y generosidad.
Pero en antaño había dos increíbles personajes muy destacados que marcaron época, estos fueron Elías Amado “Gato” y José Antonio Lema Molina “Gringo limón”, quienes heredaron a la gran entrada su chispa y alegría.
Cuenta la familia de “Gato” que éste desde su juventud, aproximadamente desde los 22 años, participó activamente del carnaval chapaco, siendo uno de los impulsores del corso de mayores y de lo que antiguamente se llamaba “El Carnaval político”.
Su casa estaba ubicada en la calle General Trigo y era el epicentro de la “Disfrazada”, previa al corso, ahí el humor, el amor y el ingenio se combinaban como una poción y daban a luz a los mejores y jocosos disfraces
“En la casa empieza el ingenio, la ocurrencia, la chispa y los disfraces improvisados, no eran costosos, el carnaval chapaco siempre se caracterizó por su sencillez. Mi hermano Gato tenía un compañero, un compinche que era Gringo Limón; eran muy entusiastas, siempre sacaban premio en todos los corsos de mayores”, cuenta la hermana de Gato.
Agrega también que juntos crearon lo que se llamó “el Carnaval Político” que consistía en ridiculizar a los políticos, dependiendo de lo que pasaba. Éste inició en 1995 y duró aproximadamente hasta el año 2008.
Y ¿Quién no recuerda a Gringo limón?, éste fue un reconocido personaje tarijeño conocido por el amor que le tenía a sus raíces, la pasión que le entregaba a la cultura culinaria y también distinguido por ser una persona alegre, emotiva, multifacética, humorista y una persona muy solidaria.
Cuando a José Antonio Lema Molina le preguntaban porqué le llamaban gringo limón él contestaba “gringo por rubio y limón por agrio". Esa gran chispa siempre la reflejó en todos los corsos de mayores en los que participó.
Hoy Gringo Limón y Gato ya fallecieron y aunque ya no están en su amada tierra, sin duda su chispa siempre acompañará al churo carnaval chapaco.
Cuenta el escritor Agustín Morales en su libro “Estampas de Tarija” que el afán del corso de antaño comenzaba con el gran trabajo de las costureras que debían confeccionar los disfraces, siempre muy jocosos por cierto.
Otra cosa que era afán en esos tiempos eran las tinajas de chicha, muy solicitadas en los barrios San Roque, el Molino y la Pampa. Toda esta alegría y preparación, explotaba en colores el domingo de Carnaval, día en que las comparsas salían a relucir sus hermosos disfraces al ritmo de las orquestas. “Cada uno de los integrantes llevaba su nombre impreso en cintas y cantaban jocosos estribillos en honor a su comparsa”, relatan.
Luego del mediodía los grupos se concentraban en las alturas de San Roque, algunos a caballo, otros en burro, a pie o los que tenían más recursos en autos engalanados de colorida fantasía. Los jóvenes y adultos iban acompañados de orquestas, guitarras, serpentina, mixtura y matracas. “Todo era bueno para meter bulla”, recuerda Luisa, una mujer de 80 años que tiene los mejores recuerdos de esta época.
Ya el día de la entrada, los grupos recorrían bailando todo el trayecto a lo largo de la calle General Trigo, Sucre y a las dos de la tarde el bullicio se hacía más fuerte. “Aparecía el primer carro alegórico, que encabezaba la comparsa y comenzaba la entrada”.
Morales cuenta en su libro que las comparsas entraban metiendo bulla y cantando los estribillos de su grupo. Los nombres de dichos grupos eran muy jocosos como: “Corazones sin rumbo”, “Los tres tristes tigres”, “Sin chicas ni padrinos”, “Los Boquerones” y muchos otros similares.
Luego de pasar los diversos autos con la capota abierta y enflorada, personalidades como Juan de Dios Shigler, José Sosa, Jesús Gaite, Juan Choque y tantos otros con hermosas guitarras, mandolinas y violines, llenaban los espacios con sus melodías, cubiertos de serpentinas.
Más atrás ingresaba Adolfo Schnor vestido de niño y mamando un enorme biberón de cerveza. Finalmente hacían su ingreso las comparsas populares de las lindas san roqueñas con polleras bien enfloradas y caras pintadas, “todas ellas iban acompañadas de sus esposos o parejas que llevaban la manta alrededor de sus hombros. Llevaban chacras, banderas de colores y las infaltables guitarras”, cuenta Luisa.
El Club Social, famoso en esa época, abría sus puertas y luego de la entrada comenzaba la más hermosa fiesta de fantasía, donde todos sin diferencia de edad compartían el baile y las risas. “Terminado esto las comparsas junto a sus bandas de música se recogían bailando. Detrás de ellas una fila de niños acompañaba su paso porque los jóvenes de los grupos iban tirando “chauchitas”.
“Chauchita, chauchita, generosa chauchita” anunciaban y se arremolinaban los muchachos para alcanzar las monedas que por costumbre botaban a veces a manos llenas los generosos carnavaleros”.
Agustín Morales relata que las fiestas continuaban como se dice en Tarija: “Hasta que las velas no ardan”. El lunes y martes de Carnaval los jóvenes salían a jugar con agua y con los famosos cascarones; las jovencitas se zambullían en la fuente y todo era alegría.
Una de las tradiciones más destacadas de esa época fue jugar con cascarones de huevo rellenos con agua de flores, tirar “chauchitas” y buscar padrinos de comparsa, entre otras. Las chauchitas eran moneditas de corte sencillo que lanzaban los grupos carnavaleros en la entrada del corso. ”
“En todas las casas buscábamos los cascarones que juntábamos durante casi todo el año y se rellenaban con agua de albahaca y agua florida” relata Luisa Vaca, quien a sus ochenta años aún recuerda las vivencias de la época “más colorida y chura del año”.
Cuenta el escritor fallecido Agustín Morales que los cascarones constituyeron la actividad más divertida de los juegos carnavaleros, sin embargo algunas veces por el mal uso o simplemente por la mala suerte causaron desgracias en los ojos de los niños y jóvenes. “Éste fue el principal motivo para que la práctica se perdiera”.
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