
08/06/2023

La Tarija de antaño guarda hermosos recuerdos y uno de ellos está contenido en la fiesta de Corpus Christi. De acuerdo al escritor fallecido Agustín Morales Durán, en su libro Estampas de Tarija, esta fecha tenía su especial colorido, ya que después de la misa principal celebrada en la iglesia Matriz, se sacaba al santísimo en procesión, hecho que resultaba solemne y que se lo hacía con pleno acompañamiento de las autoridades y del pueblo.
El guion y los palios del hermoso dosel bajo el que se llevaba la eucaristía eran portados por los principales caballeros y escoltados por niños vestidos de angelitos.
Las congregaciones religiosas, cofradías y órdenes iban entonando cánticos, pero lo más llamativo eran las estaciones o altares que se levantaban con todo esmero en cada esquina de la plaza y las calles por donde seguía el recorrido
“Cada uno de estos altares, desde tempranas horas se los preparaba por señoras de las más conocidas familias, por promesa. Éstos constituían verdaderas obras de arte, se levantaban alegorías muy bellas para dar adecuado descanso a la brillante custodia con la Hostia Consagrada”, relata Morales.
El altar que resultaba un portento de lujo, belleza e iluminación, se ubicaba en la esquina de la casa de don Moisés Navajas, pues este adinerado tarijeño hacía traer desde Europa adornos de vidrio, oropel y colores exclusivos para levantar su altar de Corpus.
Es justamente en este aspecto que el escritor René Aguilera Fierro hace énfasis y afirma que la celebración de Corpus Christi tenía connotaciones muy marcadas en la ciudad, tanto en lo social como en lo cultural. Se celebra sesenta días después de la pascua y el primer jueves después de la Fiesta de la Santísima Trinidad.
Según cuenta el escritor René Aguilera Fierro, se realizaban en Tarija dos misas y dos procesiones en las que se trasladaba al Altísimo por las principales calles de la ciudad. Una de estas era a las diez y la otra a las cuatro de la tarde.
La primera procesión correspondía a la Capilla o Iglesia de San Roque, en ella acompañaban campesinos y pueblo en general, bajaba por la Calle Real (Comercio y actual General Trigo) circundaba la Plaza mayor para retornar por la Calle de la recova (Sucre) y la Calle Ancha (Cochabamba).

Mientras que la Procesión de la tarde era solemne, correspondía a la Iglesia Matriz o Catedral. Para el efecto, las familias acomodadas hacían los arreglos de los altares o estaciones frente a sus casas o en las esquinas, era una competencia de suntuosidad, en estos arreglos se asentaba el Custodio. El custodio es un pequeño resplandor dorado en cuyo centro se aloja una hostia; es portado por el Obispo o el sacerdote que encabeza la procesión.
Aguilera añade que en horas de la noche, tras los actos religiosos, la sociedad tarijeña se esparcía con delicadas retretas en la plaza Luis de Fuentes. En las horas subsiguientes, se daba inicio a la algarabía de bailes privados y fiestas populares. En los privados, los caballeros asistían de frac, sombrero y bastón, mientras que las damas poseían elegantes vestimentas.
En la velada corría bastante bebida europea, a la medianoche se acostumbraba servirse carnes frías de pavo y salsas. En los salones, también podía escucharse la melodía de los pianos, la fiesta duraba toda la noche.
“Los festejos del pueblo, de clase media, baja y campesinos eran más sencillos, se reunían en el barrio San Roque, a lo largo de la calle Ancha (hoy Cochabamba, llamada así por la profusión de la Chicha), las casas fiesteras llamaban con sus banderillas rojas anunciando chicha y comidas, los parroquianos pasaban la noche al son del erke y la caja, aunque también la caña anunciaba la cercanía de San Roque. La fiesta se efectuaba con sanada y todo, mientras la riña de gallos se desarrollaba con euforia. La fiesta de Corpus Cristi, tenía octava y también encierro, con similar entusiasmo y fe religiosa”, relata.

Pasada la contienda del Chaco, la recova de Tarija, debido a los nuevos asentamientos, cobró mayor importancia, las vendedoras, desde las primeras horas de la mañana adornaban sus lugares de expendio con flores de la época, principalmente con violetas. A partir de las nueve de la mañana, empezaban a invitar a sus clientes. Para entonces la tradición había cobrado fuerza, la gente expresamente se daba cita en el mercado de la ciudad.
Aunque había quienes se sorprendían por la rara costumbre de beber en un vaso de ajipa. Las vendedoras, con la debida anticipación, elaboraban la chicha y los esposos el vino patero para el “invite” de Corpus.
La celebración de Corpus Christi en el campo se prolongaba los días subsiguientes con bebida, comida y música, mientras aguardaba el caballo en la tranquera o en el fondo de la casa del alférez. Tradición que aún se mantiene en algunas comunidades.
Desde el año 1940 hasta fines de 1970, pocas fueron las vendedoras que quedaban en el mercado para brindar con sus clientes, pero para entonces, la costumbre se había adentrado en la clase alta y media. En la década de 1980, se mantuvo adormilada la tradición, sin mayor impacto que el de recibir al sorprendido cliente con el característico “le invito”.
Se destacan varios nombres de distinguidas señoras del mercado Central, que habiendo heredado la costumbre de sus progenitoras, seguían practicando en sus puestos de venta, mientras que la Calle Cochabamba había decaído irremediablemente.
Más aún en los años posteriores la tradición se fue acentuando. De esta manera, Corpus Christi se celebraba bebiendo vino en una copa elaborada de ajipa, la misma que era y es adornada con flores de la época, como rosas pascuas e ilusiones acompañadas de un ramo de albahaca, la violeta es la flor esencial de Corpus, cuya fragancia incorpora al vino un sabor distinto y fraternal.
Históricamente se sabe que ya por el año 1863, el campesino acomodado o pudiente, brindaba el vino de su producción con amigos y familiares, mientras que el campesino de menores recursos, asumía este acto de religiosidad y amistad terrenal con un licor proveniente del zumo de la uva fermentado; bebida que luego se la llamaría chicha de uva.
La copa de ajipa significa el cáliz y su contenido la sangre de Jesús, los arreglos florales representaban la belleza, brillo y solemnidad del encuentro del alma con Dios, lo propio significaba brindar con sus semejantes. Este brindis era un honor y una distinción que no se podía evitar ni rechazar, a la vez que proporcionaba alegría y esparcimiento.
La ajipa se había elegido por el gusto que le otorga a la bebida, mientras que las flores de violeta complementaban con su agradable aroma. Para quienes no conocen este fruto, la ajipa es un tubérculo, cónico, carnoso, de pulpa abundante y blanca, una vez retirada la pulpa, toma la hermosa forma de una copa natural
La costumbre de la época, era la probada del vino o de la chicha durante la víspera, así muchos se quedaban hasta el día siguiente. El día de la celebración, diferentes casas preparaban su propio vino o su chicha de uva; había tradicionales alféreces que esperaban a los comunarios y/o amigos.
Durante estos días se tocaba el erke y la caja e interpretaban coplas, que no siempre eran de corte religioso, sino que hablaban de amores y desamores, de esperanzas no logradas, aunque también las hay de tipo picaresco y festivo, siendo la copla compuesta de cuatro versos, se dispone cada dos versos un remate, que generalmente consiste en “¡Ay! doñita, tarde había sido, se había entrado el sol”, puede ser también “Ay doñita, si ahora no hay como, mañana será”, remates entre los más recordados.
A fines del siglo XIX, la tradicional celebración de Corpus Christi, abarcaba casi todo el valle de Tarija y se había afincado en la propia Villa de San Bernardo de la Frontera de Tarixa, la practicaban los criados, los mozos de la casa, artesanos y campesinos. La costumbre se concentró en la otrora calle Ancha, luego pasaría a las vendedoras de la recova.
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