
11/09/2023

Eran las cuatro de la tarde en la chura Tarija, el aire del atardecer embriagaba las calles, sobre todo porque los lapachos -esos guardianes ancestrales de la naturaleza- comenzaban a vestirse de colores, anunciando el pronto ingreso de la primavera.
Esther González hacía su trabajo en la pequeña plaza de San Gerónimo. Botas, pantalón y un ligero chaleco municipal constituían su indumentaria, aquella que le permite cumplir su apasionada labor por la jardinería.
Amor, entrega y cuidado brotan de sus manos día a día. Ella es una custodia infaltable de aquellos hermosos gigantes que la enorgullecen. "Cuidar de los lapachos no es sólo mi trabajo, es mi forma de contribuir al equilibrio ecológico de nuestra hermosa ciudad", dice con una tímida sonrisa.
Deja en claro que en el corazón de Tarija, los lapachos son mucho más que simples árboles; son símbolos vivientes de la relación entre la comunidad y la naturaleza. "Los lapachos no sólo nos regalan sus vibrantes flores rosadas y moradas, sino que también actúan como protectores del ecosistema local", explica emocionada.
Cuando nos habla de la labor fundamental que cumplen las abejas y las mariposas en la polinización, sale a flote que su labor de jardinería en parques públicos no es reciente, pues la cumple por más de seis años y tiene experiencia.
"Los lapachos atraen a polinizadores como abejas y mariposas, lo que promueve la reproducción de otras especies vegetales y la fertilidad del suelo", detalla con la seriedad de quien domina el tema.
Ya son las cinco de la tarde y a medida que el sol se pone sobre el jardín, Esther González continúa su labor, recordándonos que, gracias a personas como ella, nuestra ciudad se llena de vida y color.
"Cuidar de los árboles y las flores es cuidar de nosotros mismos y de las generaciones futuras ", dice la custodia mientras guarda sus herramientas.
Sus manos están mojadas, sus botas enlodadas y el cansancio le pesa sobre su espalda, Esther forma parte de los guardianes silenciosos que a diario concluyen de esta manera su jornada. Con la ropa sucia, pero con el corazón satisfecho y renovado.





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