
10/01/2026

El cielo amaneció cubierto de blanco, como si hubiese decidido vestirse de luto. La mañana es fresca y el aire húmedo anuncia una lluvia que parece contenerse, esperando el momento exacto para caer. En el Cementerio Jardín, casi al ingreso de este camposanto, todo está dispuesto para la despedida final. Toldos, sillas alineadas y personal movilizado dan cuenta de que no se trata de un entierro cualquiera: Tarija dice adiós a Mauricio Aramayo, la mano derecha del presidente Rodrigo Paz en el departamento.
El silencio pesa. Solo se rompe por el murmullo contenido de los abrazos, por el llanto que se intenta disimular y por las miradas perdidas de quienes aún no logran comprender la ausencia. Entre flores y gestos de dolor descansa quien fue mucho más que un colaborador político.
Entre los asistentes destaca la presencia del presidente de Bolivia, Rodrigo Paz, quien llegó al camposanto para despedir personalmente a quien fue su hombre de confianza, su compañero de camino y su amigo. Con semblante visiblemente afectado, el mandatario acompañó a la familia en uno de los momentos más dolorosos, confirmando con su presencia el vínculo profundo que los unió más allá de la política.
Mauricio Aramayo fue un hombre forjado en la lealtad y el trabajo silencioso. Acompañó a Rodrigo Paz desde los inicios, cuando el poder aún era un horizonte lejano y el camino se recorría desde abajo. Fue su chófer en etapas tempranas, su apoyo constante y, con el tiempo, su amigo fiel. Esa cercanía se transformó en una relación profunda, ganándose no solo la confianza política, sino también el afecto personal y un lugar íntimo dentro de la familia presidencial.
Pero la noche del 8 de enero de 2026 marcó un quiebre irreversible. En la oscuridad, dos sujetos a bordo de una motocicleta, con sus identidades completamente cubiertas, le arrebataron la vida con dos disparos. Un acto violento que apagó su voz y dejó sumidos en el dolor a su familia, a sus amigos y a quienes compartieron con él el esfuerzo y la esperanza de una campaña construida paso a paso.
Hoy, ese dolor se hace colectivo. En el último adiós también se hacen presentes figuras del ámbito político y público como Luciana Campero, Adrián Oliva, el viceministro de Deportes Roberto Bustamante y la diputada Gabriela Pacello, quienes llegan en señal de respeto y acompañamiento, conscientes de que no solo se despide a un dirigente, sino a un hombre cuya fortaleza estuvo siempre en la discreción.
Cuando el ataúd comienza a descender, la llovizna finalmente cae, suave, casi tímida, como si el cielo también quisiera despedirse. Tarija guarda silencio. Se va Mauricio Aramayo, el hombre que caminó cerca del poder sin buscar protagonismo, el amigo leal, el compañero incansable.
Su partida deja un vacío profundo y una herida abierta, pero también una memoria que permanece: la de un hombre que creyó, que acompañó y que entregó su vida al servicio de otros. Bajo este cielo que hoy llora, su nombre queda grabado para siempre.
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