
21/02/2026

Hay partidas que no apagan la luz, la transforman.
La de David Santalla no deja solo tristeza: deja un eco. Un eco de carcajadas que aún rebotan en teatros, plazas, televisores antiguos y en la memoria cálida de un país entero.
Se fue el hombre, pero no su risa. Y la risa, cuando es verdadera, no muere.
David entendió algo que pocos comprenden: hacer reír no es un oficio ligero, es un acto profundamente humano. Es tender la mano cuando el otro está cansado. Es ofrecer alivio cuando la realidad pesa. Es decir, sin solemnidad, “aquí estoy contigo”. Su humor no era burla: era abrazo. No era ruido: era compañía.
Durante décadas nos regaló personajes que parecían salir del corazón mismo de Bolivia. Nos mostró nuestras contradicciones sin crueldad, nuestras costumbres sin desprecio, nuestras debilidades con ternura. En cada gesto había picardía, pero también compasión. En cada escena, una verdad disfrazada de chiste.
Y cuando la vida le puso enfrente la palabra más temida —cáncer—, él hizo lo que mejor sabía hacer: desarmar el miedo con una sonrisa. “¿Y por qué no Acuario o Géminis?”, respondió. En esa frase cabía todo: su irreverencia, su valentía, su decisión de no dejar que la oscuridad tuviera la última palabra.
Luchó como vivió: con dignidad. Con esa chispa que ni la enfermedad logró apagar. Cada aparición suya en los últimos tiempos era más que un acto artístico; era una declaración de amor al público. Era decir: “Todavía estoy aquí”. Y nosotros, agradecidos, le devolvíamos el aplauso como quien devuelve un abrazo que nunca quiere soltar.
David no solo hizo comedia; tejió memoria. En un país que ha aprendido a resistir entre dificultades, su risa fue refugio y fue resistencia. Fue un farol encendido en noches complicadas. Fue medicina sin receta. Fue espejo amable donde podíamos mirarnos sin vergüenza.
Hoy el telón baja, sí. Pero no se cierra la historia. Porque mientras una familia recuerde un sketch en la sobremesa, mientras alguien imite una de sus frases con nostalgia y cariño, mientras una carcajada nazca al pronunciar su nombre, él seguirá respirando en el alma del pueblo.
Hay artistas que pasan.
Hay otros que se quedan.
David Santalla pertenece a los que se quedan.
En la memoria. En la gratitud. En la risa que, gracias a él, aprendimos a defender incluso en medio del dolor.
Descansa en paz, maestro. Tu luz no se apaga: se multiplica en cada sonrisa que nos enseñaste a cuidar.
Comparte: