
16/08/2026

En Bolivia, cada 16 de agosto, la festividad de San Roque convierte a los perros en protagonistas. Pero detrás de las celebraciones, los homenajes y las fotografías de mascotas existe una realidad menos visible: animales abandonados, casos de maltrato y una legislación que, aunque existe desde hace años, todavía enfrenta dificultades para convertirse en una protección efectiva.
El 16 de agosto se celebra en Bolivia la fiesta de San Roque, una fecha que popularmente se ha convertido en el Día del Perro. En muchas ciudades, las mascotas reciben bendiciones, sus dueños comparten fotografías y se organizan actividades para celebrar a quienes son considerados parte de la familia.
Sin embargo, esta fecha también abre una pregunta incómoda: ¿qué tan protegidos están realmente los animales en Bolivia?
La respuesta se encuentra entre dos realidades. Por un lado, el país cuenta con un marco jurídico que reconoce la necesidad de proteger a los animales frente al maltrato y sancionar los actos más graves de crueldad. Por otro, la aplicación de estas normas todavía presenta importantes dificultades.
En 2015, Bolivia promulgó la Ley N.º 700 para la Defensa de los Animales contra Actos de Crueldad y Maltrato, una norma que estableció mecanismos para prevenir, sancionar y erradicar el maltrato hacia los animales.
La legislación también incorporó el biocidio dentro del ámbito penal, estableciendo sanciones para quienes provoquen la muerte de un animal mediante actos de extrema crueldad.
La existencia de esta norma significó un avance importante. Sin embargo, una ley por sí sola no garantiza que la protección se produzca en la práctica.
El problema aparece cuando una denuncia debe transformarse en una investigación, una investigación en un proceso y finalmente en una sanción. En ese recorrido intervienen instituciones que muchas veces no cuentan con los recursos suficientes, personal especializado o mecanismos de coordinación adecuados.
Por eso, una de las principales dificultades no está necesariamente en la ausencia de legislación, sino en la capacidad del Estado para hacerla cumplir.
A esta situación se suma otro problema: la cultura de denuncia.
Muchos casos de maltrato animal permanecen fuera de los registros oficiales porque las personas desconocen dónde denunciar, consideran que las autoridades no actuarán o simplemente prefieren no involucrarse.
El resultado es un círculo difícil de romper: si no existe denuncia, no existe investigación; sin investigación, difícilmente existe sanción; y sin sanción, la norma pierde capacidad de disuasión.
Además, el abandono de animales constituye una problemática cotidiana que va más allá de los casos extremos de violencia.
Perros y gatos en las calles, camadas no deseadas, animales enfermos y mascotas que son abandonadas cuando dejan de ser pequeñas forman parte de una realidad que las instituciones municipales y organizaciones protectoras enfrentan diariamente.
En Tarija también se han registrado acciones destinadas a sancionar a propietarios que incumplen las disposiciones de protección animal.
Durante 2025, por ejemplo, se reportaron 13 propietarios sancionados con multas de Bs 350, mientras que para 2026 se anunciaron sanciones que pueden alcanzar hasta 896 UFV, dependiendo de la infracción.
Estas cifras muestran que existen mecanismos de control y sanción. Pero también plantean otra interrogante: ¿son suficientes las multas para modificar una conducta social profundamente arraigada?
La respuesta probablemente requiere mirar más allá de la sanción.
La protección animal también depende de campañas permanentes de educación, esterilización, adopción responsable, identificación de mascotas, control de la reproducción y una mayor responsabilidad de los propietarios.
El abandono animal no es únicamente un problema de quienes dejan a una mascota en la calle. Sus consecuencias terminan afectando a toda la sociedad.
Un animal abandonado puede reproducirse, transmitir enfermedades, sufrir accidentes, formar jaurías o terminar en condiciones de extrema vulnerabilidad.
En otras ciudades del país también se han registrado operativos de rescate. En El Alto, por ejemplo, fueron rescatados nueve perros que se encontraban en situación de abandono.
Estos casos reflejan una realidad que se repite en diferentes regiones: mientras algunas familias consideran a sus mascotas un integrante más del hogar, otras todavía las perciben como animales de los que pueden desprenderse cuando generan gastos, enfermedades o dificultades.
La discusión sobre el bienestar animal suele concentrarse en una pregunta: ¿existen suficientes leyes?
Pero quizás la pregunta más importante sea otra: ¿qué hacemos como sociedad para que esas leyes funcionen?
Porque la protección animal no depende únicamente de fiscales, policías, jueces o gobiernos municipales. También comienza en casa.
Comienza cuando una familia decide esterilizar a su mascota para evitar camadas no deseadas. Cuando adopta en lugar de comprar. Cuando busca atención veterinaria. Cuando no abandona a un animal enfermo. Cuando denuncia un caso de crueldad. Y, sobre todo, cuando enseña a los niños que un animal no es un objeto que puede desecharse.
El Día del Perro puede ser una jornada de fotografías, disfraces, bendiciones y celebraciones. Pero también puede convertirse en una oportunidad para mirar aquello que normalmente permanece fuera de la fotografía.
Porque mientras algunos perros reciben cuidados, alimento y cariño, otros continúan viviendo en las calles, enfermos, heridos o expuestos a la violencia.
Bolivia tiene una legislación que reconoce que los animales deben ser protegidos. El desafío pendiente es conseguir que esa protección deje de existir solamente en el papel y se convierta en una práctica cotidiana.
Celebrar a los perros un día al año es un gesto simbólico. Protegerlos durante toda su vida es la verdadera medida de cuánto hemos avanzado como sociedad.
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